
En la lucha por la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, la sociedad occidental lleva años priorizando la educación, el ascenso profesional y el bienestar general de las mujeres. Sin embargo, cada vez más voces abogan por incluir bajo la bandera de la igualdad la lucha por los niños y los jóvenes varones que se están quedando atrás.
Ya en 2014 el investigador Michael Jindra advertía para el Institute for Family Studies lo siguiente: “En mi trabajo como antropólogo, estoy convencido de que el estilo de vida de los estadounidenses se divide cada vez más entre el de los «triunfadores», formados desde el principio para tener éxito, y el de los «vagos», cuyas vidas giran en torno a entretenimientos de diversa índole. No sorprenderá saber que un porcentaje desproporcionado de «vagos» son hombres. Los hombres, sobre todo los de la clase trabajadora, trabajan menos, ganan menos y están cada vez más desconectados de sus familias y de la sociedad en su conjunto. Las perspectivas de futuro de muchos hombres de clase trabajadora parecen muy sombrías”.
Esas negras perspectivas de futuro que auguraba Jindra toman ya forma en diversas estadísticas sobre la creciente brecha educativa entre hombres y mujeres, la precaria salud de los hombres de clase obrera, la soledad y la ausencia de vínculos entre los varones y el dramático número de muertes por suicidio.
Todo esto recoge The state of working class men, el último informe del American Institute for Boys and Men (AIBM), que subraya una tendencia que, con sus diferencias y matices, se está dando en casi todos los países occidentales.
La brecha educativa y las familias desestructuradas están jugando un papel crucial. Hay dos columnas vertebrales que pueden marcar el éxito o el fracaso de un ser humano: la educación y la familia. En el caso de los hombres de clase obrera, mucho de su naufragio tiene que ver con una precariedad en las dos esferas.
En comparación con las niñas en las mismas circunstancias, los datos parecen revelar que los niños sufren más el impacto de crecer en barrios de pobreza concentrada o en familias desestructuradas.
Los economistas David Autor y Melanie Wasserman señalan que mucha de la inestabilidad de los hombres de clase obrera tiene que ver con que crecieron en familias monoparentales. La influencia de este factor se percibe ya a edades tempranas: la brecha por sexo en cuanto al número de procedimientos disciplinarios en la escuela, ya de por sí grande con respecto a las niñas, se duplica con creces entre los niños de madres solteras.
Lo cierto es que a los chicos les va peor también en el colegio en general. En su libro, La guerra contra los chicos (2006), Christina Hoff Sommers ya señalaba que los niños sacan peores notas, tienen más problemas de disciplina y una mayor tasa de abandono escolar, cuentan con menos probabilidades de acceder a la universidad y son diagnosticados con trastornos relacionados con el aprendizaje con más frecuencia.
A día de hoy el fenómeno es evidente y, tal como señala el informe del AIBM, los hombres tienen más probabilidades de carecer de título universitario que las mujeres. En las últimas cuatro décadas, el porcentaje de mujeres de clase trabajadora ha descendido 27 puntos porcentuales, mientras que el de hombres de clase trabajadora ha descendido más lentamente, sólo 12 puntos porcentuales
En España, los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) muestran que la brecha educativa de género también va a más. A 1 de enero de 2022, en la franja de edad de 25 a 64 años, el 45% de las mujeres tenía titulación universitaria, frente al 37% de los hombres, pero entre las generaciones más jóvenes, que aún no han cumplido los 30, la diferencia se agranda: seis de cada diez mujeres frente a cuatro de cada diez varones tenían estudios superiores.
En sectores con cada vez más paro y precariedad salarial. Esta brecha educativa deja a muchos hombres con menos oportunidades laborales, en sectores en los que el desempleo ha ido en aumento y en los que los salarios se han estancado.
El informe del AIBM subraya que “en las últimas décadas, industrias clave que tradicionalmente daban trabajo a los hombres de clase obrera, como la industria, el comercio minorista y la construcción, han perdido peso en el empleo total, como reflejo de los cambios económicos hacia una economía tecnológica”.
Si echamos un vistazo a los salarios, la historia no mejora: “En 2023, los ingresos de los hombres de clase trabajadora se situaron en 852 dólares semanales, muy poco por encima de los de 1979, ajustados a la inflación. En cambio, el salario de las mujeres de clase trabajadora ha pasado de 503 a 667 dólares. Por otro lado, tanto los hombres como las mujeres con estudios universitarios han experimentado un rápido aumento de los salarios medios, de 1.553 y 1.194 dólares, respectivamente”.
En cuanto al desempleo, tal y como destaca un reportaje de The New Yorker, en 1960, el 97% de hombres de entre 25 y 54 años tenía trabajo. En la actualidad, casi uno de cada nueve hombres en edad productiva no trabaja ni busca trabajo. En Men Without Work: Post-Pandemic Edition, el economista Nicholas Eberstadt señala que la tasa de empleo masculino es aproximadamente la misma que en 1940, cuando Estados Unidos aún se estaba recuperando de la Gran Depresión.
Un reportaje aún más reciente del Financial Times señala que el dato verdaderamente sorprendente es que en 2022 fue la primera vez que la mujer joven media del Reino Unido tuvo unos ingresos superiores a los de su homólogo masculino.
La ausencia de vínculos familiares y de amistades, un factor más de desconexión. Sin embargo, no todo se puede explicar por factores económicos. Puede estar jugando un papel importante el hecho de que los hombres de la clase trabajadora están más solos en términos de familia y amigos cercanos, según señala el informe del AIBM.
“La vida familiar, incluidos el matrimonio y la paternidad, desempeña un papel crucial en el bienestar y la estabilidad personales. Sin embargo, los hombres de clase trabajadora tienen cada vez menos probabilidades de experimentar estos hitos, con descensos significativos en las tasas de matrimonio y la probabilidad de tener hijos en casa. Esto es nuevo: en el pasado apenas había diferencias de clase en el matrimonio y la formación de familias. Hoy las diferencias son enormes”, señala el documento.
En España, por ejemplo, los hombres con hijos presentan las tasas de empleo más altas. En Reino Unido, los padres también tienen 1,4 veces más probabilidades de trabajar que los hombres sin hijos.
En cuanto al descenso en los matrimonios, varias voces señalan que la brecha entre los hombres y las mujeres no es solo educativa, sino que es también de valores, opciones políticas y elecciones profesionales. De por sí, las mujeres no suelen emparejarse con hombres de un estatus económico inferior. A esto se le añaden las crecientes diferencias ideológicas entre hombres y mujeres jóvenes: mientras ellas presentan una tendencia más progresista, los hombres se inclinan hacia la postura conservadora.
El informe del AIBM advierte del peligro de esta ausencia de vínculos: “El aislamiento social se está convirtiendo en otra división de clase, que se suma a los retos a los que se enfrentan los que tienen menos recursos”.
Y, si los hombres están más inactivos y más solos, ¿a qué dedican su tiempo? El informe de Nicholas Eberstadt señala que la mayor parte de esas horas de tiempo libre las pasan delante de las pantallas en lugar de realizar tareas domésticas o atender a los miembros de la familia.
Peor salud y más “muertes por desesperación”
Los hombres no sólo no están dedicándose a cuidar de los demás, sino que parece que ellos necesitan más atención que nunca. Un análisis del Financial Times recoge que de los hombres inactivos en Reino Unido, más del 80% tiene problemas de salud crónicos. En Estados Unidos, según el informe de AIBM, los hombres de clase trabajadora no sólo corren un mayor riesgo de morir por lesiones laborales; también corren mayor riesgo de padecer otras enfermedades, como las cardiovasculares y el cáncer.
“La combinación de estos factores, unida a la falta de apoyo institucional, incluido el seguro de enfermedad, sitúa a los hombres de clase trabajadora en una situación de mayor probabilidad de morir a una edad más temprana. Sorprendentemente, los jóvenes de clase trabajadora (de 25 a 34 años) tienen más probabilidades de morir que los hombres de mediana edad que no pertenecen a la clase trabajadora (de 45 a 54 años)”, denuncia la investigación.
El fenómeno más dramático tiene que ver con lo que el informe llama “muertes por desesperación”, aquellas relacionadas con el suicidio, las drogas y el alcohol. Estas muertes han afectado desproporcionadamente a los hombres de clase trabajadora, cuyos fallecimientos por estas causas han aumentado de 60 por 100.000 en 1991 a 190 por 100.000 en 2022.
Un problema intoxicado por la ideología al que hay que buscar solución
Ni progresistas ni conservadores están sabiendo dar respuesta a los problemas de los hombres, denuncia Richard Reeves, presidente del AIBM.
En concreto, lamenta que desde el lado conservador se ofrece un tipo de respuesta asociada a la izquierda en otras cuestiones, que tiene que ver con las normas sociales y las desventajas estructurales: “No es culpa tuya, la sociedad te ha enfermado». Por su parte, la izquierda es más propensa a responsabilizar a los hombres de sus propios problemas y aconsejarles que se purguen de su “masculinidad tóxica”.
Reeves aboga por luchar por una igualdad de oportunidades real y efectiva entre hombres y mujeres que tenga en cuenta sus diferencias para diseñar soluciones personalizadas a sus necesidades, y que se deshaga de la idea de que paliar los problemas de unos implica perjudicar a los otros.
Fotos: Forbes México, Foro Jurídico

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