
PAUL KRUGMAN
Donald Trump siempre ha sido un estafador. Como empresario, dejó un rastro de inversores que perdieron dinero en empresas fallidas mientras él se beneficiaba, estudiantes que pagaron miles de euros por cursos inútiles, contratistas sin pagar y más. Incluso en medio de su actual campaña presidencial, ha estado vendiendo a precios excesivos zapatillas doradas y biblias impresas en China.
Pero la mayor estafa de Trump, y posiblemente la más trascendental, ha sido de índole política: presentarse a sí mismo como un republicano diferente, un aliado de los trabajadores estadounidenses. Este autorretrato ha tenido éxito hasta el momento, sobre todo al ganarle al expresidente un apoyo significativo entre la gente de color de clase trabajadora, aunque el carnaval de racismo en su mitin del domingo pasado —en el que un cómico abrió el acto describiendo Puerto Rico como una “isla de basura” y contó un chiste de sandías en referencia a un hombre negro— podría mermar ese apoyo en los últimos días de la campaña. Lo cierto es que, si los planes políticos de Trump difieren de la ortodoxia del Partido Republicano, es porque son aún más antitrabajadores y proplutócratas que lo que antes era normal en su partido.
Trump ha hecho también algunas propuestas fiscales que a lo mejor parecen favorables a los trabajadores, pero no lo son, como acabar con los impuestos sobre las propinas; muchos empleados que reciben propinas no ganan lo suficiente como para pagar impuestos sobre la renta, y los que lo sí lo hacen están en su mayoría en un tramo impositivo bajo.
Si Trump ha roto con la política económica habitual del Partido Republicano, ha sido intensificando los esfuerzos para redistribuir la renta hacia arriba. Propone subir los impuestos a la clase trabajadora en forma de un gran gravamen nacional sobre las ventas, que es lo que básicamente serían sus aranceles. Y este gravamen sería altamente regresivo: una gran carga para las familias de ingresos medios y bajos, y un golpe insignificante para el 1% más rico. Si se ponen en el mismo gráfico cálculos razonables sobre los efectos de los planes fiscales de Harris y Trump, son más o menos una imagen invertida. Trump subiría los impuestos a la mayoría, y solamente el 1% más rico saldría ganando; Harris haría lo opuesto.
Así que, no, Trump no es amigo de la clase trabajadora, sino todo lo contrario. ¿Por qué, entonces, millones de personas creen que lo es? Parte de ello refleja seguramente tensiones raciales: los hombres blancos sin títulos universitarios han perdido terreno en relación con otros grupos desde 1980, y algunos de ellos, por desgracia, seguramente sienten afinidad por el racismo y la misoginia que vimos en el Madison Square Garden. Pero, algunos latinos y negros estadounidenses también parecen haberse tragado las monsergas de Trump. ¿Por qué?
De lo que relativamente poca gente es consciente, creo, es de que si Trump gana la semana que viene, su programa antitrabajadores abarcará mucho más que todo lo que consiguió hacer entre 2017 y 2021. En aquel entonces, elevó los aranceles medios sobre los productos chinos en alrededor de 20 puntos porcentuales, pero China representa solo alrededor del 15% de las importaciones estadounidenses; ahora habla de imponer aranceles similares a todo, y del 60% a las importaciones procedentes de China. En general, estamos hablando de un impuesto sobre las ventas aproximadamente 10 veces mayor que su última aventura.
Por tanto, Trump es cualquier cosa menos favorable a la clase trabajadora estadounidense. Si muchos creen lo contrario, bueno, no son las primeras víctimas de su larga carrera como estafador.
Fotos: El CEO

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