El Congreso morenista

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Desde hace mucho tiempo una fuerza política mexicana no acumulaba tanto poder como el oficialismo de nuestros días. La coalición formada por Morena, el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y el Partido del Trabajo (PT) para competir en las elecciones de junio bajo el lema Sigamos Haciendo Historia controla la Presidencia de la República y las gubernaturas de veinticuatro estados. Salvo que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) se incline por los argumentos opositores contra la sobrerrepresentación del oficialismo en la legislatura, cosa que al cierre de esta edición se antojaba improbable, contará también con una mayoría calificada en la Cámara de Diputados y quedará a poco
de alcanzarla en el Senado. Esa mayoría, a su vez, le permitirá remplazar a toda la judicatura federal con juzgadores afines. Con eso, el oficialismo completará su captura casi absoluta del Estado.

Un corolario de este cambio radical en la política mexicana es que el sistema de partidos del último cuarto de siglo —el tripartidismo dominado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD)— ha
dejado de existir. En su lugar ha surgido un nuevo orden, también tripartito pero muy distinto, compuesto de un bloque hegemónico liderado por Morena. Un débil bloque opositor que tras la extinción del PRD agrupa lo que queda del PRI y del PAN; y un “partido no alineado”, Movimiento Ciudadano, que se debate entre consolidarse como un avatar mexicano de lo que los británicos llaman the loyal opposition —una oposición que no cuestiona la legitimidad de quienes gobiernan o pone trabas serias a su proyecto— o asumirse como una izquierda que
acompaña al partido en el poder aun cuando conserva su independencia de jure.

Fotos: Nexos, Morena

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