¿Explotación laboral o distribución inadecuada?

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La colección especial de Adidas para la Selección Mexicana rumbo a la Copa Mundial de la FIFA 2026 abrió una conversación que va más allá de la moda y el orgullo nacional: ¿cómo se distribuye el valor económico generado por el trabajo artesanal que da identidad a los productos de alto valor comercial?

La colección, desarrollada por Adidas en colaboración con la empresa social mexicana Someone Somewhere, fue confeccionada con bordados realizados a mano por más de 150 mujeres artesanas nahuas de Naupan, Puebla. El proyecto fue presentado como una iniciativa para integrar el patrimonio cultural mexicano a uno de los eventos deportivos más importantes del mundo y generar oportunidades económicas para comunidades indígenas.

Las prendas, que incorporan técnicas tradicionales de bordado, salieron al mercado con precios superiores a los 200 dólares y algunas versiones alcanzaron hasta los 285 dólares por unidad. Su lanzamiento generó una gran aceptación entre consumidores y aficionados, agotándose rápidamente en distintos puntos de venta.

Sin embargo, semanas después surgió una intensa discusión pública cuando activistas y creadores de contenido cuestionaron la proporción de las ganancias que recibieron las artesanas en comparación con el precio final de las prendas. Entre los señalamientos más difundidos estuvo que las bordadoras habrían percibido alrededor de 36 pesos por hora de trabajo, una cifra que contrastó con el valor comercial de las playeras.

El debate tomó fuerza en redes sociales, donde miles de usuarios cuestionaron si las empresas involucradas estaban beneficiándose de manera desproporcionada del trabajo manual y del conocimiento cultural de las comunidades indígenas.

No obstante, cuando periodistas internacionales visitaron Naupan para conocer directamente la opinión de las trabajadoras, encontraron una perspectiva distinta. Las artesanas entrevistadas señalaron que las condiciones ofrecidas eran mejores que otras alternativas laborales disponibles en la región, destacando la flexibilidad de horarios, la posibilidad de trabajar cerca de sus hogares y la estabilidad de los encargos recibidos.

Para muchas de ellas, el proyecto representó una fuente de ingresos constante en una zona donde las oportunidades laborales suelen ser limitadas. Ninguna de las mujeres consultadas calificó su experiencia como explotación laboral.

Aun así, el caso ha puesto sobre la mesa una discusión relevante para el mundo del trabajo: la diferencia entre recibir una remuneración considerada aceptable por quienes realizan la labor y participar de manera proporcional en el valor económico que dicha labor genera.

Especialistas en economía social y cadenas de valor han señalado que los cuestionamientos no necesariamente se centran en las condiciones laborales inmediatas, sino en la distribución de las ganancias dentro del modelo de negocio. Mientras las artesanas aportan el conocimiento, la técnica y el trabajo manual que distinguen al producto, gran parte del valor agregado suele concentrarse en etapas como la comercialización, el posicionamiento de marca, la distribución internacional y la propiedad intelectual.

La discusión deja de ser únicamente sobre explotación laboral y se convierte en una reflexión más amplia sobre quién captura los beneficios económicos de productos construidos a partir de conocimientos tradicionales y trabajo artesanal especializado.

El caso de Naupan muestra que un empleo puede representar una mejora real para las trabajadoras y, al mismo tiempo, evidenciar las desigualdades existentes en la distribución de la riqueza generada a lo largo de una cadena productiva. La pregunta que permanece abierta no es si las artesanas fueron explotadas, sino si quienes aportan el elemento más distintivo del producto participan de manera suficiente en las ganancias que éste produce una vez que llega al mercado global.

Foto: Wired

*English version

Labor exploitation or inadequate distribution?

Adidas’ special collection for the Mexican National Team leading up to the 2026 FIFA World Cup sparked a conversation that goes beyond fashion and national pride: how is the economic value generated by the artisanal work that gives identity to high-value commercial products distributed?

The collection, developed by Adidas in collaboration with the Mexican social enterprise Someone Somewhere, was made with hand-embroidered designs by more than 150 Nahua women artisans from Naupan, Puebla. The project was presented as an initiative to integrate Mexican cultural heritage into one of the world’s most important sporting events and generate economic opportunities for indigenous communities.

The garments, which incorporate traditional embroidery techniques, were released with prices exceeding $200, and some versions reached up to $285 per unit. Their launch generated great enthusiasm among consumers and fans, quickly selling out at various retail outlets.

However, weeks later, an intense public debate erupted when activists and content creators questioned the proportion of profits received by the artisans compared to the final price of the garments. Among the most widely reported claims was that the embroiderers were paid around 36 pesos per hour of work, a figure that contrasted sharply with the market value of the t-shirts.

The debate gained momentum on social media, where thousands of users questioned whether the companies involved were disproportionately profiting from the manual labor and cultural knowledge of the Indigenous communities.

Nevertheless, when international journalists visited Naupan to hear the workers’ perspectives firsthand, they found a different viewpoint. The artisans interviewed indicated that the conditions offered were better than other job opportunities available in the region, highlighting the flexible hours, the possibility of working close to home, and the stability of the orders they received.

For many of them, the project represented a steady source of income in an area where job opportunities are often limited. None of the women interviewed described their experience as labor exploitation.

Even so, the case has brought to the forefront a relevant discussion for the world of work: the difference between receiving remuneration considered acceptable by those performing the work and participating proportionally in the economic value that the work generates.

Specialists in social economy and value chains have pointed out that the questions do not necessarily focus on immediate working conditions, but rather on the distribution of profits within the business model. While the artisans contribute the knowledge, technique, and manual labor that distinguish the product, much of the added value is usually concentrated in stages such as marketing, brand positioning, international distribution, and intellectual property.

The discussion ceases to be solely about labor exploitation and becomes a broader reflection on who captures the economic benefits of products made from traditional knowledge and specialized artisanal work.

The Naupan case shows that employment can represent a real improvement for the workers and, at the same time, highlight the existing inequalities in the distribution of wealth generated along a production chain. The question that remains open is not whether the artisans were exploited, but whether those who contribute the most distinctive element of the product participate sufficiently in the profits it generates once it reaches the global market.

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