Radar Laboral | 1 de septiembre de 2026
En su Segundo Informe de Gobierno, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó al mercado laboral mexicano como una de las historias de éxito de su administración: 60 millones de personas ocupadas, desempleo de apenas 2.7%, recuperación histórica del salario mínimo y nuevos derechos laborales.
Los números son relevantes. Pero, como suele ocurrir con las estadísticas laborales mexicanas, también conviene mirar lo que hay detrás de ellas.
El dato más contundente es el desempleo. México registra una tasa de apenas 2.7%, una cifra envidiable incluso frente a economías desarrolladas. Además, al cierre de agosto se habrían creado 86,765 nuevos puestos de trabajo formal respecto de julio, sin considerar a los trabajadores de plataformas digitales.
El salario constituye probablemente el logro más difícil de discutir. El Gobierno reporta una recuperación real del salario mínimo de 154% respecto de 2018, mientras que el salario promedio en la economía formal alcanzó los 20,212 pesos mensuales.
Durante décadas se advirtió que incrementar sustancialmente el salario mínimo provocaría inflación, desempleo o ambas cosas. Hasta ahora, esa profecía no se ha materializado en la magnitud anunciada. Incluso la CONASAMI ha documentado que los aumentos recientes no produjeron una afectación extraordinaria al empleo formal.
Hasta aquí, la llamada “primavera laboral” tiene argumentos a su favor.
El elefante en la oficina: la informalidad
El problema comienza cuando confundimos tener una ocupación con tener un empleo de calidad.
Los 60 millones de personas ocupadas que destacó la Presidenta no son 60 millones de trabajadores formales. La propia Secretaría del Trabajo reconocía a principios de este año que solamente 44.6% de la población ocupada contaba con empleo formal, alrededor de 26.5 millones de personas considerando los distintos sistemas de seguridad social.
Ahí aparece la otra fotografía del mercado laboral mexicano.
Podemos tener una tasa de desempleo de 2.7% y, simultáneamente, millones de mexicanos trabajando sin seguridad social, estabilidad, ahorro para el retiro o protección efectiva de sus derechos laborales.
En México, muchas veces el problema no consiste en no trabajar, sino en cómo se trabaja.
Por eso la baja tasa de desempleo merece celebrarse, pero difícilmente puede ser utilizada aisladamente como certificado de buena salud laboral.
Más salario, más derechos… y ahora menos horas
El Informe también confirma otra transformación de fondo.
La política laboral de los últimos años dejó de concentrarse exclusivamente en la generación de empleo para intervenir directamente en las condiciones bajo las cuales éste se presta.
Ahí están el incremento sostenido del salario mínimo, la incorporación de trabajadores de plataformas digitales a la seguridad social, las nuevas reglas para jornaleros agrícolas y, sobre todo, la reducción gradual de la jornada laboral hasta alcanzar las 40 horas semanales en 2030.
Esta última quizá sea la reforma laboral más trascendente para las empresas en los próximos años.
La transición ya está definida: 48 horas en 2026, 46 en 2027, 44 en 2028, 42 en 2029 y 40 en 2030, sin reducción de salarios ni prestaciones.
Y eso cambia la conversación.
La pregunta para las empresas ya no es si habrá jornada de 40 horas. La pregunta es cómo producir lo mismo —o más— trabajando menos horas.
Eso obligará a revisar turnos, procesos, tiempos muertos, automatización, productividad, estructuras organizacionales, esquemas de compensación y, en muchos casos, relaciones colectivas de trabajo.
La verdadera prueba de la primavera laboral
Hay entonces razones para reconocer avances. El salario mínimo ha recuperado poder adquisitivo, el desempleo permanece bajo y se han extendido derechos a colectivos que permanecían fuera de los esquemas tradicionales de protección.
Pero una auténtica “primavera laboral” necesitaría algo más.
Necesitaría convertir informalidad en formalidad, elevar productividad, ampliar la seguridad social y conseguir que las nuevas obligaciones laborales sean sostenibles también para las empresas que generan los empleos.
Porque subir salarios por decreto es posible. Reducir horas por ley también.
El desafío mucho más complejo es conseguir que un trabajador mexicano produzca más, gane mejor, trabaje menos horas y permanezca dentro de la economía formal.
Si México consigue esas cuatro cosas simultáneamente, podremos hablar de una verdadera transformación del mercado laboral.
Mientras tanto, los datos del Segundo Informe son alentadores.
Pero la primavera, como sabemos, no se declara por decreto.
El contraste central está respaldado por un dato especialmente potente: la propia STPS reportó que sólo 44.6% de la población ocupada tenía empleo formal, mientras que el Informe habla de 60 millones de personas con empleo/ocupación. La recuperación salarial de 154% y el promedio de $20,212 también están documentados por STPS y CONASAMI. Y la gradualidad de las 40 horas proviene del decreto publicado en el DOF.
Para publicación, yo conservaría especialmente el cierre “la primavera no se declara por decreto”: le da el toque crítico sin convertir la nota en una descalificación de datos que, objetivamente, sí son favorables.

Agregar a favoritos