Los mercados laborales se sitúan en la intersección entre el bienestar, la equidad y la productividad. Es en ellos donde el desarrollo se vuelve tangible en la vida cotidiana de las personas. Los empleos son más que una fuente de ingresos. Ayudan a las personas a desarrollar habilidades, gestionar riesgos y encontrar un propósito. En última instancia, el buen funcionamiento de los mercados laborales constituye una medida de hasta qué punto está funcionando el propio desarrollo.
Durante las últimas tres décadas, América Latina y el Caribe ha registrado un aumento tanto del tamaño como del nivel educativo de su fuerza laboral. La participación laboral femenina se encuentra en su nivel más alto hasta la fecha. Además, varios países han avanzado en la creación de empleo formal.
Al mismo tiempo, las fuerzas que antes impulsaban a la región están perdiendo vigor. El auge de las materias primas de comienzos de siglo ha quedado atrás, mientras que el rápido envejecimiento de la población está reduciendo la proporción de personas en edad de trabajar. La inteligencia artificial y otras tecnologías transformarán la demanda laboral más rápido que la capacidad de adaptación de las instituciones. De ahora en adelante, las buenas políticas deberán cumplir el papel que antes desempeñaron la buena fortuna y una demografía favorable.
Los avances recientes han sido demasiado modestos. Es necesario elevar nuestras aspiraciones y prepararnos mucho mejor para los numerosos cambios que se avecinan rápidamente, entre ellos la adopción de nuevas tecnologías y herramientas digitales.
En la actualidad, amplios segmentos del mercado laboral de la región están dominados por empresas pequeñas y poco productivas, así como por niveles excesivamente altos de trabajo por cuenta propia. Como resultado, la productividad sigue siendo muy baja: se necesitan cerca de cuatro trabajadores en la región para producir lo mismo que un trabajador en Estados Unidos. Sin embargo, la baja productividad no es el único problema. Los trabajadores reciben apenas alrededor de la mitad de los ingresos que generan, frente a más de cuatro quintas partes en las economías avanzadas. Al mismo tiempo, la desigualdad de los ingresos laborales también es elevada, incluso entre trabajadores con niveles similares de educación y experiencia.
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