En Norteamérica y Europa Occidental, los jóvenes son mucho menos felices que hace 15 años. Durante ese mismo periodo, el uso de las redes sociales ha aumentado considerablemente. Muchos culpan a las redes sociales de esta disminución de la felicidad, pero ¿supera esta hipótesis un análisis científico riguroso? ¿Qué ocurre en el resto del mundo, donde la felicidad de los jóvenes no ha disminuido en comparación con la de los adultos, a pesar de que las redes sociales tienen la misma prevalencia?
Se han realizado numerosas investigaciones sobre este tema. Este informe no pretende ser una síntesis exhaustiva de la literatura académica; para ello, remitimos a los estudios que se enumeran al final de este capítulo.
En cambio, comenzamos pidiendo a dos destacados críticos de las redes sociales, Jonathan Haidt y Zach Rausch, que expusieran sus argumentos (véase el Capítulo 3).
Ofrecen dos tipos principales de análisis. En primer lugar, recogen las opiniones de jóvenes, sus padres, sus profesores y los empleados de las empresas de redes sociales sobre las redes sociales y el bienestar adolescente. Las opiniones que recogen son, en general, negativas. A continuación, recurren a la evidencia académica, principalmente de Estados Unidos, sobre el impacto causal del uso de las redes sociales en el bienestar, la cual, según argumentan, respalda su postura.
Una vez que tuvimos el esquema del capítulo de Haidt y Rausch, lanzamos una convocatoria de artículos que pudieran aportar una perspectiva más amplia sobre estos temas, incluyendo experiencias en diferentes partes del mundo.
El estudio PISA, realizado con jóvenes de 15 años en 47 países, muestra que quienes usan las redes sociales durante más de siete horas al día tienen un bienestar mucho menor que quienes las usan menos de una hora. Para las chicas de Europa Occidental, la diferencia es de casi un punto (sobre 10), casi el doble que para las chicas de otras regiones. Para los chicos, la disminución es de casi medio punto en Europa Occidental y prácticamente nula en los otros 35 países (véanse los capítulos 2 y 5).
En una muestra de estudiantes universitarios estadounidenses, la mayoría desearía que las plataformas de redes sociales no existieran. Las usan porque otros las usan, pero preferirían que nadie las usara (véase el capítulo 6).
Fuera del mundo angloparlante y Europa Occidental, la relación entre el uso de las redes sociales y el bienestar es más positiva y varía según la plataforma. Datos de Latinoamérica muestran que las plataformas con algoritmos y la presencia de influencers tienen más probabilidades de estar negativamente relacionadas con la satisfacción vital que aquellas que principalmente facilitan la comunicación (véase el Capítulo 2).
En Oriente Medio y el Norte de África, el bienestar de los jóvenes no ha disminuido a pesar del uso intensivo de las redes sociales. Esto debe tener múltiples causas. Sin embargo, también en estas regiones, el uso intensivo de las redes sociales se asocia con mayores niveles de depresión y estrés. Las plataformas más problemáticas son aquellas donde el uso principal es pasivo y el contenido principal es visual (fomentando las comparaciones sociales) y a menudo proviene de influencers (véase el Capítulo 9).
De todo esto, concluimos que los usuarios intensivos de redes sociales están en riesgo, especialmente en los países angloparlantes y Europa Occidental. ¿Significa esto que el uso de las redes sociales explica por completo el preocupante descenso del bienestar juvenil en esas regiones? Por supuesto que no. Las tendencias se deben a muchos factores que difieren entre continentes. Sin embargo, las pruebas presentadas en este informe sugieren que el uso intensivo de las redes sociales, especialmente en algunos países, constituye una parte importante de la explicación.
Esto nos lleva al debate político. Como se señala en el Capítulo 4, esto exige los más altos estándares de síntesis. Los autores muestran cómo los principales informes públicos sobre este tema han llegado a conclusiones y recomendaciones políticas diferentes, a pesar de examinar investigaciones similares.
En diciembre de 2025, el gobierno australiano aumentó el límite de edad para diez plataformas de redes sociales de 13 a 16 años. Otros países, como Dinamarca, Francia y España, están planificando regulaciones similares. Esperamos que la evidencia presentada en este volumen ayude a los responsables políticos en su evaluación de dichas políticas.
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Foto: Medios Obson

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